|
"LA SAGRADA DUALIDAD Y COMPLEMENTARIEDAD DE LA PAREJA EN LA ESTRUCTURA SOCIAL INDÍGENA Y LA TOMA DE DECISIONES EN LOS ANDES"
Ponencia presentada al Seminario sobre “Gobernabilidad Indígena y Democracia en las Américas”
Organizado por FOCAL, Ottawa, 15 de marzo 2006
El respeto, fundamento de la complementariedad dual
Desde tiempos inmemoriales las comunidades originarias andinas hemos practicado la complementariedad basado en la pareja divina como principio fundamental. Esto se aplicaba no solo en la vida del género humano, sino en la de todos los seres y ámbitos que tienen que ver con la existencia del planeta y el cosmos. Para nosotros, la vida de todos los seres se basa fundamentalmente en leyes cósmicas, sujeta a las leyes de la naturaleza, vale decir, inclusive la vida y existencia de los seres humanos no estaba regida por leyes elaboradas o pensadas por el ser humano. Es decir, nuestra cosmovisión nunca tuvo ni tiene una orientación homocentrista.
El respeto mutuo y la capacidad de convivencia entre todos es parte de su naturaleza. Por ello nunca vamos a ver conflictos entre el aire y el sol, entre la tierra y el universo entre la noche y el día, entre las plantas y los animales, o conflictos entre plantas, entre animales que signifiquen el exterminio del otro, y aun entre los humanos, no se veían los excesos entre seres de la misma especie como en la actualidad. Como resultado de estos excesos en la especie humana, los descendientes portadores de aquella manera de ver el mundo hoy estamos sumidos en el más abyecto abandono y ostracismo.
El chacha-warmi y el jaqichasiña
Sin la pretensión de decir que todo era perfecto, este sistema de vida se basaba en la complementariedad dual, en donde todo es femenino-masculino, las piedras, los cerros, los árboles, etc. Esta dualidad es imprescindible e imprescriptible en el mundo andino, y adquiere un carácter sagrado porque constituye el nudo vital que garantiza la reproducción sin dolor, el crecimiento y desarrollo en equilibrio, la fuerza que guía el horizonte del suma thaki, del buen camino, a través del cual, nos impregnamos de la energía y vibración que armoniza y posibilita nuestro arribo al suma qamaña, es decir, el vivir bien. Esta dualidad, aplicado al género humano, en el mundo Aymara lo llamamos chacha-warmi (hombre-mujer), o Yanatin en el mundo Qhiswa. Este principio, ha regido a los pueblos originarios durante milenios, como base esencial, hasta que la llegada del sistema patriarcal, y luego la dominación masculina con occidente, ha empezado a resquebrajar este modo de vida relegando a la mujer a un rol funcional y humillante.
En el mundo Aymara se prioriza siempre lo comunitario frente a lo individual, la existencia del indivíduo es plena solo cuando vive en comunidad, no hay lugar para la exclusión, sino solo para la complementariedad. Tenemos pues, una cosmovisión que es integradora, comunitaria e incluyente, por eso considerar a la mujer y al hombre en forma aislada una del otro, es una desviación del feminismo y del masculinismo exacerbados, una forma individualista que dista mucho de nuestra forma de pensar.
Los Aymara concebimos a la pareja en matrimonio como un principio perenne y fundamental de nuestra sociedad, por ello la dualidad complementaria forma parte de la institucionalidad Andina, es el nervio motor del restablecimiento de la fuerza ancestral, de ahí la condición y naturaleza sagrada que le asignamos. El verdadera unión de la pareja chacha-warmi se manifiesta en el concepto del acto matrimonial, el jaqichasiña, que literalmente se traduce como el “graduarse como GENTE, o hacerse GENTE”. Esto quiere decir que a partir del jaqichasiña se adquiere la condición de persona con capacidad de ejercer derechos políticos y sociales de alta responsabilidad en la comunidad. Es equivalente a cumplir la mayoría de edad.
En esta visión de mundo, la Pacha es la estructura, es energía, es tiempo y espacio que ordena el Cosmos. En la Pacha se asientan armónicamente todos los elementos del universo. Esta armonía se da por su ordenamiento dual femenino-masculino, un par con cualidades opuestas pero no antagónicas, de una especie de confrontación proporcional, con principio de correspondencia, pero siempre complementándose y formando la unidad. El hombre y la mujer pese a tener cualidades y roles diferentes, siempre necesitan complementarse para asegurar el suma qamaña, ya sea en el trabajo, la crianza de los hijos, etc. Su dinamicidad se da por su carácter recíproco. Por ejemplo, a los niños y niñas, sin distinción de sexo, se les enseñaba las labores de la casa y del campo para que cuando sean adultos estén preparados para cualquier tarea. Así, si la mujer se enferma, el marido asumía las tareas de la casa y en ausencia de este la esposa asume las mismas. Esta lógica, es el principio ordenador de todas las estructuras en el mundo Aymara.El jaqichasiña implica también el respeto entre el hombre y la mujer, por eso, cualquier decisión importante siempre debe ser tomada en acuerdo entre ambos. Las responsabilidades de decisión política, social, etc., no pueden ser asumidas individualmente, sino por la pareja, es decir el jaqi, el matrimonio.
El ch’ullaje
En el sistema occidental esto no tiene importancia, nosotros a este tipo de ejercicio político, social y aun espiritual, le llamamos peyorativamente ch’ulla, impar, incompleto, mitad-gente. En Tiwanaku (enero 2006) por ejemplo, se cometió el peor de los mas grandes errores en la práctica de la espiritualidad originaria andina entronizando a un ch'ulla en la Presidencia de Bolivia, el señor Evo Morales, quien ni siquiera es casado. Eso, por ejemplo, es síntoma de la crisis general que estamos pasando, es sagrado para nosotros la dualidad chacha-warmi en todos los niveles, hasta los sacerdotes originarios que lo entronizaron fueron ch'ullas, y por supuesto todos fueron hombres. No es correcto eso en nuestra cosmovisión.
La familia y la mujer
Y esta visión de pareja, implica familia en general, y esto exige desarrollar la capacidad de organización y trabajo, en todos los niveles de responsabilidad de la comunidad, del Ayllu, del Suyu, de la Marka, y si esto se cumple, quiere decir que se transita por el suma thaki, y con esto se gana también el prestigio y respeto. En nuestra cultura cuando el hombre o la mujer se dirige a la Comunidad, lo hace en nombre de su familia no a título personal. En la familia, en la comunidad, en la dualidad y en la complementariedad, la mujer tiene un rol vital, amplio y diverso, que aunque no se refleja fuertemente en el ámbito público, tiene mucho que ver en la definición de la identidad, mucho mas allá de la cultura y sus expresiones artísticas, artesanales, de música y danza. Pues la cuestión identitaria está implícita en la cosmovisión andina como UN TODO necesariamente inter-relacionado. La mujer, no es conocida en la historia como necesariamente “feminista”, sino más bien como sembradora de la complementariedad con lo opuesto tanto como madre, esposa, educadora, diseñadora de sus trajes, trabajadora en joyas, como guerrera en época de guerra, trasmisora cultural, terapeuta familiar, ordenadora, practicante devota de la espiritualidad, etc.
Lamentablemente en la actualidad se han copiado todas las debilidades del mundo occidental. Los vicios como el alcoholismo, la drogadicción, la opción férrea por la propiedad privada, el machismo, el distanciamiento de nuestra cultura, la inclinación por distintas religiones y opciones político partidarias, etc., ya se han ido instalando en nuestras comunidades. Estos factores han colapsado a la cultura del comunitarismo andino, han provocado automarginamientos o muchas veces renuncias a la identidad, han creado enormes vacíos identitarios, culturales, espirituales, principalmente en la juventud originaria que no encuentra su espacio adecuado ni en la comunidad ni en la ciudad. De este modo, la participación de la mujer andina en el proceso de complementariedad se ha convertido en un proceso de resistencia a la asimilación.
Representación de la dualidad en nuestros emblemas
El principio chacha-warmi asociado al jaqichasiña también está expresado en nuestros símbolos o emblemas:
En la Wiphala la diagonal (sea la roja, la amarilla, la verde o la blanca) de izquierda a derecho y de arriba hacia abajo representa la conjunción de las dos partes distintas y opuestas pero complementarias y armónicas entre sí. En la Wiphala, el color amarillo representa el ch’ama-pacha, es decir, la fuerza y energía de los principios morales del ser andino, es la representación suprema de la pareja divina: el Pachakamaj y la Pachamama, el universo y la tierra, que constituye la unidad suprema del principio fecundador que otorga (universo), y el principio de la fertilidad, la que recibe (tierra), en donde cada uno cumple con su rol fundamental para asegurar la continuidad de la vida, y en la que sus leyes y normas estimulan la práctica colectivista de hermandad y reciprocidad.
En la Chakana o PusiWara (Cruz del Sur), esta dualidad también está representada por lo masculino y lo femenino. En este nuestro calendario cósmico originario, se establece el Awti Pacha, época seca y fría (21 de marzo al 21 de septiembre) asignada a la masculinidad chacha (hombre), y el Jallu Pacha, época húmeda y caliente (21 de septiembre al 21 de marzo) en la que la feminidad warmi (mujer) tiene la supremacía. Aquí se establece que la base de la unidad familiar es la pareja, y la base de la unidad comunal es el par de dicha pareja, es decir esa dupla de parejas está constituida por cuatro unidades. Esta especie de arquetipo, llamado por muchos como tetralógico, tiene su referencia empírica en la constelación de la Cruz del Sur, la más visible conformada por cuatro estrellas que conforman una cruz en el cielo del hemisferio sur, es pues, la Chakana o Pusiwara (4 estrellas). De ahí que la matríz cultural andina reconoce en el Jaqichasiña, el principio de la vida; y en la complementariedad par con par, cuatro, Chakana, el principio de la reciprocidad que posibilita confianza y cohesión social, y permite la reproducción de la vida y la comunidad.
Conclusión
El gobierno paritario nunca fue discutido en el mundo originario andino, porque la vigencia y actualidad de la circularidad, la horizontabilidad, la alternabilidad, la paridad, la complementariedad, la espiritualidad, el comunitarismo, la inclusión, la solidaridad, la reciprocidad y el consenso fueron los cimientos sólidos en el ejercicio político de las autoridades originarias tradicionales andinas. En cambio, en nuestros tiempos todo esto se ha revertido, digamos que desde hace más de 5 centurias la visión homocéntrica y materialista occidental con sus vertientes de verticalidad, unilateralidad, intolerancia, continuismo perverso, exclusión, individualismo, egoísmo e indiferencia fueron tomando los espacios a todo nivel.
Pero, conforme a las profecías anunciadas por los amawtas, los sabios originarios, ya todo estaba previsto, y dicen que luego de 5 centurias volverían a registrarse cambios importantes, cambios que volverían a restituir el mundo en equilibrio, mediante el advenimiento del Pachakuti, es decir el retorno a la tierra sin males, se iniciaría el proceso de sanación del planeta y la restitución de los principios sagrados, del camino correcto para vivir bien, en armonía con la naturaleza, con los otros seres que habitan el planeta, con el aire, con el agua, con los animales, las plantas, los bosques, las montañas, etc.
Los tiempos que estamos viviendo son el inicio de este Pachakuti, no es casual que ahora cada día se mencione a los pueblos originarios como señal de esperanza y de salvación de todo el caos que estamos viviendo. Nuestra visión de mundo difiere radicalmente de la visión occidental, nuestras propuestas y proyectos de vida, como ya dijimos, se sustentan en leyes naturales, y nuestro sistema de gobierno y de gobernabilidad tiene también su fundamento en esas leyes. Este es el eje articulador de nuestro proceder.
Esta forma de entender la relación chacha-warmi en el mundo andino, debería servirnos para mirarnos hacia adentro, mirar nuestra cultura, nuestra identidad, y reflexionar sobre la manera de cómo debe darse nuestra participación en la toma de decisiones para nuestros pueblos y comunidades, en que los dirigentes sean capaces de representar no sólo a sus organizaciones sino también a sus familias, pues de este modo la familia no estará al margen del quehacer de sus dirigentes. La gobernabilidad debe darse desde la casa, desde lo más elemental, desde la transmisión dual hacia los hijos, y la mujer es vital en esto. Creemos que solo con la existencia de un mayor compromiso y la suma de nuevos esfuerzos, como los jóvenes por ejemplo, avanzaremos más allá de la simple propuesta y encontraremos respuestas efectivas para un mundo perdurable frente al desmedido despilfarro de energía.
En este mundo convulsionado por la crisis generalizada, ya no es suficiente simples reformas, sino revoluciones, ya no sirve una simple remodelación de nuestra casa, hay que reconstruirla con una nueva imagen y desde los cimientos, y en este proceso la mujer no debe quedarse mas como una simple “primera dama de la nación”, tendrá el mismo rol que el hombre, y junto al hombre. Volveremos a retomar el ejemplo de Tupaj Amaru y Micaela Bastidas, de Tupaj Katari y Bartolina Sisa.
¡¡¡ JALLALLA !!!
Ivan Ignacio
|